"A mis catorce años, aun no estaba lo suficientemente segura de que era el amor, el único amor que había emitido alguna vez era hacia mi familia, o hacia mis incontables ídolos, (que ahora que lo pienso, no se me es posible contarlos con los dedos) Comenzaba un nuevo ciclo escolar apenas pasaría a tercero de secundaria con un promedio excelente y cuatro amigas que me daban suficiente apoyo moral. La misma rutina de cada año, ir por aquí o por acá presentándose con las mismas personas, y uno que otro que era de nuevo ingreso, pero yo no tenía idea de quién me enamoraría ese año. Química, la primera vez que escuché ese nombre pensé que lo odiaría tanto como a matemáticas, pero que tonta estaba. Ahí, sentado en su escritorio con una experiencia de más de tres décadas y una reluciente camisa blanca, estaba el hombre que sería culpable de mis desvelos, nada más y nada menos que mi profesor.
Jamás había sentido algo así, esas cosquillas por dentro, y el fastidioso nudo en la garganta que me producía mirarlo, e imaginarme o prohibido que era.
Si mi madre se hubiera enterado de mi amor hacia a él de seguro que me hubiera mandado a un convento, y mi padre, peor aún, me hubiera ... bueno, eso ya es otro cuento.
Su clase era asombrosa, adoraba mirarle, su pálida piel, su cabello castaño y lo que más me fascinaba, sus ojos, que a veces se veían verdes, mientras otras en un gris oscuro, un hombre de mirada profunda, y de porte parecido al de un caballero de armadura blanca, y yo muchas veces deseé que él fuera el mío. Viril y con un toque de niño travieso por dentro.
Era sagaz, jugaba con mi mente y mi respiración cada vez que me acercaba a revisar, tenía que redimir mis impulsos de tocar mi cabello, o alguna otra parte de mi rostro para que no notara lo que empezaba a sentir por él. Cosas prohibidas que eran demasiado tentadoras, para mi una adolescente de catorce, y para el un hombre de familia.
Me volví cómplice de él, procuraba ser capaz de sostenerle la mirada, cada vez que nuestros ojos se cruzaban, pero siempre uno de nosotros era el que desistía y la mayoría de las veces era yo. Su humor era tan negro como el mío, además en aquel entonces el negro, desde mi punto de vista era el color de mi alma, y la verdad creo que aun sigue siendo así. Adoraba responder con sarcasmo fueron cientos de ocasiones, el hacia un comentario de ese tipo y no duda en ir con su corriente. También recuerdo haberlo retado y corregirlo en más de una ocasión algo que el odiaba, pero, sólo recuerdo que me sonreía, sincero, dejándome vencerlo. En ese tiempo era demasiado rebelde, anti conformista, fría y para mi corta edad, suicida.
Mis amigas jamás se enteraron que sentía algo por él, aunque tanto ellas como yo hacíamos bromas al respecto, inclusive de él.
Aún recuerdo la primera vez que me toco, y la primera vez que trató de hacerlo, y no lo hizo, pero mi impulso me arrastró con él hacia atrás.
Era laboratorio, yo tenía una duda (aunque si tenía una, era raro que lo dijera) y esa fue una de las primeras veces que lo expresé, me acerqué hacía el y dije las simples palabras que dice un alumno a su maestro: -Profe. El dio media vuelta y me miro atento, cómo si fuera la primera vez que nos viéramos, explico pacientemente mi duda, acabó. Levanto su mano y trató de ponerla sobre mi hombro, pero algo me ganó, tal vez el hecho de ser un témpano de hielo, un pasó hacía atrás fue suficiente, el bajo su mano y yo me fui con mi equipo tras un simple gracias.
La primera vez fue algo más que espontaneo, en ese tiempo yo estaba en un concurso patoso de matemáticas que causaba mi dolor de cabeza, así que era seguido que fuéramos a oficinas por ejercicios y bla, bla, bla... entramos, mi compañero de equipo y yo, abrí la puerta, y mi profesor, sentado en el sofá de a lado, miraba a mi atractivo compañero para después mirarme a mí, caminé con la chica de las copias, que casualmente también tenía mi nombre, hablamos unas líneas y mi compañero caminaba delante de mí, él seguía en el sofá : -Oye. Alguien habló a mi espalda y me hizo parar en seco al igual que mi compañero, era la chica de las copias. Me dijo que mi maestra la que nos ayudaba con el concurso quería verme, y esperara. Mire a mi compañero, consciente de que el hombre de ojos verdes nos miraba. -No quiero esperar, susurró el rubio, yo sólo asentí. El hombre del sofá se levantó, mi compañero abrió la puerta para sí, y como el patán era no me espero. La puerta era pesada, yo era fuerte pero no los suficiente para mantenerla abierta en lo que salía, así que el hombre lo hizo por mí, Puso una mano en mi cintura y me sorprendí de que no me alejará, no quería hacerlo, su mano se aferraba a mi piel, sobre a blusa blanca del uniforme, abrió la puerta y me guío hacia fuera.
Cada vez las bromas eran más frecuentes y los roces más ardientes y duraderos, no me hacía nada bien tenerlo cerca, porque cada vez pensaba las mil y una maneras que podía besarle, aunque sabía las cientos de miles de razones por las que no podía hacerlo. Adoraba como su nombre se deslizaba de sus labios cada vez que me llamaba, o las veces en que me miraba mal, cada vez que mi mejor amigo se sentaba en mi butaca, junto a mí.
Así pasó, caí profunda, tonta e intensivamente enamorada de él, y tiempo después se que él de mi."
lunes, 10 de agosto de 2015
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lunes, 10 de agosto de 2015
Historias de Amor
"A mis catorce años, aun no estaba lo suficientemente segura de que era el amor, el único amor que había emitido alguna vez era hacia mi familia, o hacia mis incontables ídolos, (que ahora que lo pienso, no se me es posible contarlos con los dedos) Comenzaba un nuevo ciclo escolar apenas pasaría a tercero de secundaria con un promedio excelente y cuatro amigas que me daban suficiente apoyo moral. La misma rutina de cada año, ir por aquí o por acá presentándose con las mismas personas, y uno que otro que era de nuevo ingreso, pero yo no tenía idea de quién me enamoraría ese año. Química, la primera vez que escuché ese nombre pensé que lo odiaría tanto como a matemáticas, pero que tonta estaba. Ahí, sentado en su escritorio con una experiencia de más de tres décadas y una reluciente camisa blanca, estaba el hombre que sería culpable de mis desvelos, nada más y nada menos que mi profesor.
Jamás había sentido algo así, esas cosquillas por dentro, y el fastidioso nudo en la garganta que me producía mirarlo, e imaginarme o prohibido que era.
Si mi madre se hubiera enterado de mi amor hacia a él de seguro que me hubiera mandado a un convento, y mi padre, peor aún, me hubiera ... bueno, eso ya es otro cuento.
Su clase era asombrosa, adoraba mirarle, su pálida piel, su cabello castaño y lo que más me fascinaba, sus ojos, que a veces se veían verdes, mientras otras en un gris oscuro, un hombre de mirada profunda, y de porte parecido al de un caballero de armadura blanca, y yo muchas veces deseé que él fuera el mío. Viril y con un toque de niño travieso por dentro.
Era sagaz, jugaba con mi mente y mi respiración cada vez que me acercaba a revisar, tenía que redimir mis impulsos de tocar mi cabello, o alguna otra parte de mi rostro para que no notara lo que empezaba a sentir por él. Cosas prohibidas que eran demasiado tentadoras, para mi una adolescente de catorce, y para el un hombre de familia.
Me volví cómplice de él, procuraba ser capaz de sostenerle la mirada, cada vez que nuestros ojos se cruzaban, pero siempre uno de nosotros era el que desistía y la mayoría de las veces era yo. Su humor era tan negro como el mío, además en aquel entonces el negro, desde mi punto de vista era el color de mi alma, y la verdad creo que aun sigue siendo así. Adoraba responder con sarcasmo fueron cientos de ocasiones, el hacia un comentario de ese tipo y no duda en ir con su corriente. También recuerdo haberlo retado y corregirlo en más de una ocasión algo que el odiaba, pero, sólo recuerdo que me sonreía, sincero, dejándome vencerlo. En ese tiempo era demasiado rebelde, anti conformista, fría y para mi corta edad, suicida.
Mis amigas jamás se enteraron que sentía algo por él, aunque tanto ellas como yo hacíamos bromas al respecto, inclusive de él.
Aún recuerdo la primera vez que me toco, y la primera vez que trató de hacerlo, y no lo hizo, pero mi impulso me arrastró con él hacia atrás.
Era laboratorio, yo tenía una duda (aunque si tenía una, era raro que lo dijera) y esa fue una de las primeras veces que lo expresé, me acerqué hacía el y dije las simples palabras que dice un alumno a su maestro: -Profe. El dio media vuelta y me miro atento, cómo si fuera la primera vez que nos viéramos, explico pacientemente mi duda, acabó. Levanto su mano y trató de ponerla sobre mi hombro, pero algo me ganó, tal vez el hecho de ser un témpano de hielo, un pasó hacía atrás fue suficiente, el bajo su mano y yo me fui con mi equipo tras un simple gracias.
La primera vez fue algo más que espontaneo, en ese tiempo yo estaba en un concurso patoso de matemáticas que causaba mi dolor de cabeza, así que era seguido que fuéramos a oficinas por ejercicios y bla, bla, bla... entramos, mi compañero de equipo y yo, abrí la puerta, y mi profesor, sentado en el sofá de a lado, miraba a mi atractivo compañero para después mirarme a mí, caminé con la chica de las copias, que casualmente también tenía mi nombre, hablamos unas líneas y mi compañero caminaba delante de mí, él seguía en el sofá : -Oye. Alguien habló a mi espalda y me hizo parar en seco al igual que mi compañero, era la chica de las copias. Me dijo que mi maestra la que nos ayudaba con el concurso quería verme, y esperara. Mire a mi compañero, consciente de que el hombre de ojos verdes nos miraba. -No quiero esperar, susurró el rubio, yo sólo asentí. El hombre del sofá se levantó, mi compañero abrió la puerta para sí, y como el patán era no me espero. La puerta era pesada, yo era fuerte pero no los suficiente para mantenerla abierta en lo que salía, así que el hombre lo hizo por mí, Puso una mano en mi cintura y me sorprendí de que no me alejará, no quería hacerlo, su mano se aferraba a mi piel, sobre a blusa blanca del uniforme, abrió la puerta y me guío hacia fuera.
Cada vez las bromas eran más frecuentes y los roces más ardientes y duraderos, no me hacía nada bien tenerlo cerca, porque cada vez pensaba las mil y una maneras que podía besarle, aunque sabía las cientos de miles de razones por las que no podía hacerlo. Adoraba como su nombre se deslizaba de sus labios cada vez que me llamaba, o las veces en que me miraba mal, cada vez que mi mejor amigo se sentaba en mi butaca, junto a mí.
Así pasó, caí profunda, tonta e intensivamente enamorada de él, y tiempo después se que él de mi."
Jamás había sentido algo así, esas cosquillas por dentro, y el fastidioso nudo en la garganta que me producía mirarlo, e imaginarme o prohibido que era.
Si mi madre se hubiera enterado de mi amor hacia a él de seguro que me hubiera mandado a un convento, y mi padre, peor aún, me hubiera ... bueno, eso ya es otro cuento.
Su clase era asombrosa, adoraba mirarle, su pálida piel, su cabello castaño y lo que más me fascinaba, sus ojos, que a veces se veían verdes, mientras otras en un gris oscuro, un hombre de mirada profunda, y de porte parecido al de un caballero de armadura blanca, y yo muchas veces deseé que él fuera el mío. Viril y con un toque de niño travieso por dentro.
Era sagaz, jugaba con mi mente y mi respiración cada vez que me acercaba a revisar, tenía que redimir mis impulsos de tocar mi cabello, o alguna otra parte de mi rostro para que no notara lo que empezaba a sentir por él. Cosas prohibidas que eran demasiado tentadoras, para mi una adolescente de catorce, y para el un hombre de familia.
Me volví cómplice de él, procuraba ser capaz de sostenerle la mirada, cada vez que nuestros ojos se cruzaban, pero siempre uno de nosotros era el que desistía y la mayoría de las veces era yo. Su humor era tan negro como el mío, además en aquel entonces el negro, desde mi punto de vista era el color de mi alma, y la verdad creo que aun sigue siendo así. Adoraba responder con sarcasmo fueron cientos de ocasiones, el hacia un comentario de ese tipo y no duda en ir con su corriente. También recuerdo haberlo retado y corregirlo en más de una ocasión algo que el odiaba, pero, sólo recuerdo que me sonreía, sincero, dejándome vencerlo. En ese tiempo era demasiado rebelde, anti conformista, fría y para mi corta edad, suicida.
Mis amigas jamás se enteraron que sentía algo por él, aunque tanto ellas como yo hacíamos bromas al respecto, inclusive de él.
Aún recuerdo la primera vez que me toco, y la primera vez que trató de hacerlo, y no lo hizo, pero mi impulso me arrastró con él hacia atrás.
Era laboratorio, yo tenía una duda (aunque si tenía una, era raro que lo dijera) y esa fue una de las primeras veces que lo expresé, me acerqué hacía el y dije las simples palabras que dice un alumno a su maestro: -Profe. El dio media vuelta y me miro atento, cómo si fuera la primera vez que nos viéramos, explico pacientemente mi duda, acabó. Levanto su mano y trató de ponerla sobre mi hombro, pero algo me ganó, tal vez el hecho de ser un témpano de hielo, un pasó hacía atrás fue suficiente, el bajo su mano y yo me fui con mi equipo tras un simple gracias.
La primera vez fue algo más que espontaneo, en ese tiempo yo estaba en un concurso patoso de matemáticas que causaba mi dolor de cabeza, así que era seguido que fuéramos a oficinas por ejercicios y bla, bla, bla... entramos, mi compañero de equipo y yo, abrí la puerta, y mi profesor, sentado en el sofá de a lado, miraba a mi atractivo compañero para después mirarme a mí, caminé con la chica de las copias, que casualmente también tenía mi nombre, hablamos unas líneas y mi compañero caminaba delante de mí, él seguía en el sofá : -Oye. Alguien habló a mi espalda y me hizo parar en seco al igual que mi compañero, era la chica de las copias. Me dijo que mi maestra la que nos ayudaba con el concurso quería verme, y esperara. Mire a mi compañero, consciente de que el hombre de ojos verdes nos miraba. -No quiero esperar, susurró el rubio, yo sólo asentí. El hombre del sofá se levantó, mi compañero abrió la puerta para sí, y como el patán era no me espero. La puerta era pesada, yo era fuerte pero no los suficiente para mantenerla abierta en lo que salía, así que el hombre lo hizo por mí, Puso una mano en mi cintura y me sorprendí de que no me alejará, no quería hacerlo, su mano se aferraba a mi piel, sobre a blusa blanca del uniforme, abrió la puerta y me guío hacia fuera.
Cada vez las bromas eran más frecuentes y los roces más ardientes y duraderos, no me hacía nada bien tenerlo cerca, porque cada vez pensaba las mil y una maneras que podía besarle, aunque sabía las cientos de miles de razones por las que no podía hacerlo. Adoraba como su nombre se deslizaba de sus labios cada vez que me llamaba, o las veces en que me miraba mal, cada vez que mi mejor amigo se sentaba en mi butaca, junto a mí.
Así pasó, caí profunda, tonta e intensivamente enamorada de él, y tiempo después se que él de mi."
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